No te das cuenta, pero se lo has arrebatado todo. Las has manchado, está sucia, ya no resplandece. La has usado para darte nuevas esperanzas, pensando que podías empezar de nuevo. No te importaba en absoluto que podía pensar ella. Pero ahora ya es tarde, has empezado a escribir.
Tienes ante ti una primera página perfecta, escritura pulquérrima, tinta negra sobre fondo blanco. Incluso te has molestado en escribir las mayúsculas con una delicada caligrafía. Encantador.
Te dedicas a escribir, día si, día no, día tampoco y día tal vez. Ya no usas esa caligrafía en las mayúsculas. Ya no importa el color que usas para la fecha. Ya no buscas esa pluma negra para escribir, ahora cualquier bolígrafo vale.
Página tras página tu deseo de escribir se hace más pequeño. Ahora huele un poco a podrido, y toda la esperanza que habías puesto en esa libreta se ha vuelto una masa de apatía, pegajosa y gris.
Guardas la libreta bajo un número de cosas olvidadas en un cajón, diciendote que no tienes ganas, que ahora no es el momento. Te culpas a ti mismo por no ser constante, por no trabajar, por no tener más fuerza de voluntad. Te hundes, esperando la amargodulce autocondescendencia.
Y todo esto por no saber que la libreta no es tu aliada. Tu culpa.
Las libretas no perdonan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario