De pequeña, los efectos de sonido que podías escuchar en películas, series o cualquier contenido auiovisual me fascinaban. La palabra es deleitarse.
No siempre, pero si me concentro puedo dejarme llevar por una caricia, por un susurro, por un desgarro en la piel. Cuanto más sutil mejor. El contraste con el silencio me eriza los pelos de los brazos. Cierro los ojos y me voy a donde esté esa caricia, ese susurro, o ese desgarro en la piel.
Es como mecerse, deslizarse en el viento.
Y aun a día de hoy, cuando estoy triste o me siento sensible, recurro a ellos; son mi consuelo, son una caricia.
domingo, 18 de enero de 2015
viernes, 9 de enero de 2015
La felicidad.
Le dolía. No habían sido de ayuda ni las tiritas, ni las vendas, ni las distracciones ni las visitas al hospital. Se abría una y otra vez y otra vez y vez y otra.
Navegamos en la nieve, rodamos cuesta abajo en el océano, volamos por el campo y las nubes nos latigaron los tobillos cuando las atravesabamos a toda velocidad.
Nos comimos todo lo incomible e hibernamos durante siglos.
Y no bastó. La veía contrastando en la nieve, disipándose en el océano, manchando cada flor y cada hierba, mezclándose con la lluvia en pequeñas gotas.
Brotaría para siempre.
Navegamos en la nieve, rodamos cuesta abajo en el océano, volamos por el campo y las nubes nos latigaron los tobillos cuando las atravesabamos a toda velocidad.
Nos comimos todo lo incomible e hibernamos durante siglos.
Y no bastó. La veía contrastando en la nieve, disipándose en el océano, manchando cada flor y cada hierba, mezclándose con la lluvia en pequeñas gotas.
Brotaría para siempre.
En algún momento de la tercera eternidad, encontró la solución definitiva.
Nos fusionamos en un abrazo de una sola persona
y nunca sentí tanto frío.
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